Dirigía miradas rápidas a mí alrededor entre los mechones rebeldes de un flequillo demasiado largo. Llevaba un buen rato tratando de evitarlo, a decir verdad, desde que él había hecho acto de presencia en la habitación. Desde que apareciese, para mí, la música había dejado de sonar y la gran masa de gente que se encontraba en aquella estancia había desaparecido. Por un momento éramos él y yo. Había conseguido pasar desapercibida ante aquel individuo que hacía suspirar a las damas y ablandaba a los caballeros. Recogí mi copa y me dispuse a seguir con mi escondite particular. No conocía a aquel hombre, pero algo en él me incomodaba, había oído hablar de él y parecía una persona maravillosa, pero a mí, no terminaba de convencerme. Pasaron varias horas y acabé relajándome, me dejé llevar por la música y aquella sensación de ligereza que nos produce el Champagne.
Despuntaba el sol en el horizonte y la gente empezaba a despedirse, era la hora de volver a casa. Hacía una mañana otoñal, fría y despejada. Adoraba el silencio de esas horas en las que el mundo aún duerme pero está empezando a despertar el día. Caminaba abstraída contemplando el ir y venir de las hojas de los árboles, escuchando el ruido de algún coche circulando por una calle próxima y el revolotear de los pájaros que vuelan bajo. La calle estaba vacía, exceptuando una silueta lejana, que entre la distancia y el cava, mi vista no alcanzaba a reconocer. Si hubiese reconocido aquella figura, habría corrido en dirección contraria, pero mi mente vagaba por una retahíla de recuerdos incoherentes de la noche y no me percaté de que se dirigía hacia mí. Me detuve. Era frío, como los pétalos de las rosas blancas. Tengo grabada a fuego esa imagen en mi cabeza, sus elegantes movimientos, su contraste delicado contra el dorado del tiempo y poco a poco la nitidez tornaba su cara sensual y simétrica, descubría unos ojos serios y penetrantes, oscuros y seductores, pero sin duda, era la sonrisa, de media luna, la que me acobardaba. —No, por favor, él no— suplicaba, mientras la distancia entre nosotros se acortaba. Había conseguido esquivarlo toda la noche y sin embargo allí estaba, frente a mí. Vestía un elegante traje negro que acentuaba el blanco de su piel. Decidida a resistirme a los encantos de aquel hombre me giré con la intención de seguir mi camino, pero él agarró mi muñeca, delicada pero fuertemente y me acercó a él. Entonces pude sentir su perfume, no habría sabido decir a que olía exactamente pero quedé maravillada. Alcé la vista para perderme en aquellos ojos que me miraban dulcemente bajo unas tupidas pestañas. Recorrí con la mirada la línea de su mandíbula, cuadrada y tensa y acabé en sus labios, gruesos y rosados por el frío. No sabría decir cuánto tiempo pasé contemplándolo, hasta que finalmente habló. —Permite que me presente, me llamo Amor.— Sonrió.
Y entonces, la dama que suspiró, fui yo.
Era incómoda la manera que tenía de mirar.
El sutil balanceo de sus pestañas al dirigir ligeramente la mirada hacia mis labios, sus dilatadas pupilas negras que apenas si dejaban entrever una fina línea del iris y ese brillo que podías percibir proveniente de lo más profundo.
Allí me sentía desnudo, pero no era esa clase de desnudez erótica sino aquella que sólo pueden ver algunas personas, llamadlo alma o como queráis pero yo sabía que ella veía en mi lo que nadie más había visto y quizás por eso me sintiese tan incómodo.
Era esa sensación de no poder esconder nada, nuestra mente es nuestro único refugio y me sentía violado en ese aspecto y por eso apartaba la mirada contínuamente temiendo que ella pudiese desvelar mis pensamientos. Pero nada, ella se limitaba a mirar, a estudiar hasta el más pequeño de mis gestos, eso sí, sin apartar nunca su mirada de la mía.
Y así me conoció, descubrió cada uno de mis secretos, y se marchó, como había llegado, intensa y fría, así la definiría.
Yo nunca llegué a conocerla, aunque creí haberlo hecho mil veces, lo único seguro que aprendí de ella fue su nombre.
B.Whitey
Llevaba tiempo escuchándolos, murmullos suaves como el viento entre los árboles, me hablaban de cambios. No podía saber a que tipo de cambios se referían, sólo sabía que si quería descubrirlo tendría que dejarme llevar. Y dí rienda suelta a la locura, solté la mano de la cordura y eché a volar. Recorrí mil mundos sin saber lo que buscaba realmente, me dejaba llevar por el instinto. Un día, después de mucho volar volví al nido, abatida, no había encontrado tales cambios. O al menos eso pensaba yo hasta que por casualidad me fije en un pequeño espejo que colgaba de la pared. ¿Quién era esa? ¿Era yo? Sin duda era yo, pero me sentía diferente, me veía diferente. Nosotros no podemos percibir nuestros propios cambios pues conforme cambiamos los vamos asimilando, pero si te detienes un momento a pensar en quien eres, quien eras y en lo que te estás convirtiendo verás que por mucho que no quieras, todo aquello que vives te cambia de una manera u otra y que así es como cada uno se forja su propia personalidad. No tengáis miedo al cambio y dejaros llevar, experimentar. Si no lo haces siempre tendrás la duda de qué habría sucedido, y yo no sé tú, pero yo no puedo vivir con esa duda sabiendo que en cualquier momento se me acaba el tiempo.
Por eso prefiero pedir perdón a permiso.
B.Whitey
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